lunes, 31 de agosto de 2015

El Testamento de Orfeo

Una película es una fuente petrificante del pensamiento. Una película resucita actos muertos. Una película permite dar la apariencia de la realidad a lo irreal”

Jean Cocteau, El Testamento de Orfeo.


Nacido en una familia de la alta burguesía francesa, Jean Cocteau se reveló pronto como un poeta precoz y brillante. Frecuentando los ambientes mundanos, artísticos y literarios, se relacionó con Picasso, Stravinsky, Gide, Colette y muchos otros. Su obra, proteiforme y casi tan larga como su vida, es enorme y abraza todos los ámbitos de la creación artística. Cocteau es poeta, novelista y dramaturgo, pero también dibujante y está muy vinculado a la creación cinematográfica. Al final de su vida, decoró la Capilla de Villefranche-sur-Mer y, más tarde, la de Milly-la-Fôret (concebida como “su propio sarcófago), en la que será enterrado en 1963.

Jean Cocteau siempre ha recurrido a la tradición literaria para construir la suya. De esta manera, fue hasta las fuentes de Sófocles para La Máquina Infernal (1933), hasta las de Stendhal para Tomás el impostor (1923) e, incluso, hacia la Leyenda del Santo Grial para Los Caballeros de la Mesa redonda (1937). Sin embargo, el artista ha sabido añadir ortos muchos elementos para crear un corpus mitológico y mítico, totalmente personal y coherente, como es el caso de Edipo, el ángel Heurtebise, la diosa Minerva, la Esfinge o, incluso, la flor de hibisco u Orfeo. Se trata de elementos que encarnan los poderes del poeta, revelador y mensajero, que atraviesa los muros, que usa “una lengua ni viva ni muerta, que pocas personas hablan, que pocas personas escuchan”, que pasa de un mundo al otro, sin cesar, de lo visible a lo invisible, de la vida a la muerte. Para Cocteau, la poesía es, ante todo, pasaje y metamorfosis, como veremos a lo largo de esta experiencia del Testamento de Orfeo. 


El mito de Orfeo constituye una de las fuentes de inspiración más remarcables de la literatura de todos los tiempos y del teatro moderno más concretamente. Eurídice de Jean Anouilh (1942) da testimonio de esta evidencia. Las versiones y adaptaciones del mito órfico son numerosas, desde el Parnaso o el Simbolismo hasta los análisis de carácter psicológico o psicoanalítico.

En su testamento, Cocteau interpreta su propio papel, el del poeta muerto y resucitado. Sin embargo y, al mismo tiempo, asimila y personifica las figuras de Orfeo e incluso la de Eurídice, atravesando el mundo de los vivos y los muertos y sufriendo su propio juicio ante el “Tribunal Rogatorio”. Acusado de “ser inocente” y “de querer penetrar en un mundo que no es el suyo”, el poeta resulta condenado “a la pena de vivir”… como el Orfeo clásico, condenado a vivir sin su Eurídice.

El poeta inicia un peregrinaje a través de su propia vida, a lo largo de un escenario imaginario, no delimitado, abandonado por todos y habitado por figuras míticas que se mezclan con personajes reales que pueblan la vida y el alma del artista.


Aunque pudiéramos hacer un resumen más o menos detallado de la película, aunque nos aventurásemos a ofrecer posibles significaciones a la multiplicidad, casi sin fin, de los elementos mitológicos y poéticos que la obra encierra, la verdad es que nadie sería capaz de desvelar todo y que ningún análisis sabría estar a la altura de este legado.

Jean Cocteau cogió su vida personal y poética y la puso al servicio de una herencia poética sin horizontes. Las imágenes se suceden y se superponen, sin hilo, sin historia, sin argumento, como en un sueño; sólo por el placer de la poesía inmortal, más allá de los mitos, mas allá de los dioses, de la vida y de la muerte.  


La Perra

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada