sábado, 15 de diciembre de 2012

Color y encuadre: La mirada de Toulouse Lautrec




“Una obra de arte es un trozo del mundo visto desde un temperamento”

E.ZOLA



Desde el punto de vista técnico, uno de los rasgos más característicos de Toulouse Lautrec es su particular perspectiva. Son, justamente, el encuadre sorprendente, el ambiente embriagador, el punto de vista innovador…lo que hace que la obra de Lautrec se quede grabada en la retina del espectador y que forme, para siempre, parte del sistema de referencia de una sociedad.

Por tanto, el temperamento de Toulouse Lautrec, conformado a partir de su vida, produce obras de arte indiscutiblemente originales, modernas e innovadoras en su tiempo…y en el nuestro; un punto de vista diferente, subjetivo y personal, simple y tremendamente estético, crudamente hermoso. La mirada con la que Lautrec mira la realidad nos deja, pues, una visión del mundo, cuanto menos, sorprendente e influyente. 
Figura indiscutible e imprescindible de la pintura del siglo XX, Toulouse Lautrec nos ha legado una parte del mundo convertida en obra de arte.
Le baiser, 1892


La obra de este artista destaca por ser, ante todo, la plasmación de una impresión, del movimiento, de lo parcial y momentáneo; se trata del minucioso estudio del movimiento y del color, de sus particularidades, sus connotaciones y sus posibilidades. Para Lautrec, el arte no significaba la reproducción directa de lo existente, sino la interpretación de la realidad.

Históricamente, la figura de Toulouse Lautrec se encuadra en el marco del Impresionismo, donde artistas como Van Gogh o Monet desarrollaron un minucioso estudio de los efectos que la luz producía sobre los objetos. Para el Impresionismo, la representación paisajística prevalecía sobre las figuras humanas o los objetos. En cambio, para Lautrec, sólo existe la figura y el paisaje, por su parte, se vuelve un complemento con la función de hacer más comprensible el carácter de la figura.

En un período de tiempo asombrosamente corto, Toulouse Lautrec había encontrado un lenguaje pictórico inconfundible. Sin recibir ninguna influencia de sus profesores y maestros en cuanto a la temática, consiguió dotar a su pintura de una desenvoltura hasta entonces desconocida, gracias a la utilización en esta disciplina de la técnica del dibujo, es decir, de una forma de interpretación dominada por la línea. Uno de los rasgos más característicos de su obra es el especial tratamiento del material, con el objetivo de crear efectos sorprendentes. El pintor solía utilizar pintura al óleo muy diluida, para crear efectos de acuarela que posibilitan llenar de movimiento y espontaneidad la superficie plana de sus composiciones, mediante una coloración vibrante. 



Au cirque Fernando, 1888



Otra particularidad remarcable es el hecho de que la superficie plana y el movimiento se representan mediante colores aplicados en una capa muy fina que deja traslucir el fondo, llegando de esta manera a la máxima expresión del estudio del color. Lautrec, fuertemente influido por las xilografías japonesas, acentúa el carácter casual del encuadre haciendo que los personajes  queden cortados dramáticamente por la cabeza, de un modo inconcebible para el arte de la época. Las figuras, marcadas exclusivamente por líneas de contorno, destacan sobre el fondo como siluetas. Lautrec, que estaba además familiarizado con el mundo del circo desde pequeño, se interesaba especialmente por la simultaneidad de distintos momentos en movimiento, como observamos en esta obra.

Au Moulin Rouge: le bals, 1892


Como vemos en esta obra, el abrazo funde en una sola silueta oscura a las dos mujeres, situadas en primer plano. El hecho de estar ubicadas en la mitad izquierda de la composición posibilita que se pueda ver al público, subrayando, por tanto, el carácter momentáneo de la escena. Esta particular composición aporta fuerza y movimiento a la escena; el espectador tiene la impresión de que las mujeres van a salir del cuadro con un paso de baile. 



En la obra de Lautrec, la figura humana comporta una relevancia extrema. Las figuras organizan y delimitan la composición de la obra. Así pues, Toulouse Lautrec realizó numerosísimos retratos, ya sea de familiares y amigos, ya sea de personajes anónimos; pero en todos ellos el artista proyectaba una mirada particular y tremendamente determinante y característica.

En los cuadros del ambiente de varietés y salas de baile, los personajes suelen aparecer como un conjunto de figuras anónimas, formando parte de una multitud, mientras que en los retratos, son tratados de forma individual, captando sorprendentemente su psicología. A este respecto, hay que señalar que el artista gustaba de plasmar a sus modelos siempre en una postura que les fuese propia o señalando un rasgo distintivo y personal del sujeto en cuestión.

Poudre de riz, 1889


Esta obra entra dentro de la categoría en la que el modelo posa para el artista. Tal como nos da a entender el título, no se trata de un retrato en sentido convencional, donde la figura representada constituye el único centro de atención. Lautrec combina en esta ocasión el retrato con la representación de la atmósfera de un espacio interior y cerrado. Los diferentes tonos de blanco y el aspecto granuloso del fondo del cuadro, lo convierten en la plasmación de una atmósfera íntima, al tiempo que reproducen en pintura la estructura y el color del polvo de maquillaje.

La Venus de Montmartre, 1884


En este caso, la modelo aparece rodeada de accesorios del taller del artista y está sentada, de frente, en una butaca. Su obesidad ha sido representada con un realismo despiadado. La ironía del título, además, hace referencia a la asociación tradicional que se establece entre Venus y belleza, ejerciendo así una crítica al arte establecido ya que, una “Venus del barrio periférico de Montmartre” no puede ser considerada de ninguna manera como una diosa del amor y de la belleza, aunque el artista la haga merecedora de estos atributos a través del retrato. 



Dentro del conjunto de obras donde los personajes aparecen en actitud momentánea y conservando su anonimato, son muy numerosos los ejemplos que podemos encontrar. Por lo general, se trata de escenas de locales nocturnos donde, dentro de un ambiente hermético y embriagador, la masa de público que anónima se va enriqueciendo poco a poco mediante la profusión de detalles y la representación de rostros individuales que pierden ya su función secundaria. 

Au Moulin Rouge, 1892


En esta obra podemos distinguir tres planos. Al fondo y a la derecha, aparecen dos mujeres charlando y retocándose el peinado, lo que confiere a la escena el marcado carácter de un momento pasajero, instantáneo. En el mismo plano, se pueden observar algunos hombres a la izquierda de los que, el que está sentado de perfil, es el mismo Lautrec. En el segundo plano vemos una masa de gente que conforma un conjunto oscuro, aunque violentamente roto por el blanco de la mesa y del rostro de una de las mujeres, así como por el estridente rojo del pelo de otra de ellas. Finalmente, en el primer plano, aparece la bailarina del Moulin Rouge, May Milton, convertida en una misteriosa máscara, debido a la enorme influencia de la luz sobre su rostro. Se podría decir, si de una fotografía se tratara, que alguien se ha colado en el encuadre fotográfico justo en el momento de la toma de la foto. 

Bal au Moulin de la Galette, 1889


            Esta obra comparte la misma temática que la anterior y que otras muchas. Se trata de la representación del interior de una sala de baile que el artista frecuentaba asiduamente.
La composición está conformada por tres planos, donde la distribución de tres simples manchas de color blanco facilita que el espectador recorra la composición desde el principio hasta el final, de derecha a izquierda, dando lugar de esta manera a una enorme sensación de profundidad. Así pues, en primer plano y a la derecha, se observa un conjunto de platos blancos que se unen visualmente al cuello y al rostro igualmente pálido de la mujer que está sentada de perfil en segundo lugar, para llegar, trazando una línea de izquierda a derecha, hasta el cinturón del gendarme que está en segundo plano.

Au Moulin Rouge: la danse, 1890

En este caso, se produce un efecto visual similar al que acabamos de describir: la mirada del espectador pasa entre la espalda  de un hombre y las dos mujeres en primer plano para recaer sobre Valentín le desossé y La Goulue que bailan “la contradanza”. Esta pintura se caracteriza por ser una composición espacial y cromática poco común. Mientras que la franja horizontal bajo las ventanas agrupa óptimamente a los espectadores, las columnas de la pared y las figuras del primer plano constituyen las verticales del cuadro. Las líneas de fuga del entarimado provocan que, quien contemple el cuadro, se sienta parte de la escena. La sala aparece iluminada uniformemente por una luz de gas verdosa y, nuevamente, sólo el vestido rosa de la mujer en primer plano, las medias rojas de la bailarina y la chaqueta roja de la mujer del último plano, constituyen el contrapunto y acentúan la gradación en profundidad de las figuras.




El 9 de agosto de 1901 muere en Mallormé Henri de Toulouse Lautrec, consumido por la sífilis y el alcoholismo. Muere el pintor, el artista, el observador y cronista de la sociedad que le tocó vivir, dejando tras de sí una impronta que formará para siempre parte de nuestra manera de ver y de entender el mundo, de sentir el arte a través de su temperamento.






5 comentarios:

  1. ¡Excelente articulo Samara! Si algo me gusta de este autor, además de sus retratos en burdeles, es el efecto que produce, haciéndote sentir parte de la escena.

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  2. En el Cuadro de Moulin Rouge, Lautrec no está sentado, está parado !!!!

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  3. No entiendo tu comentario Daniela...
    pero, en todo caso, muchas gracias por pasar por aqui!

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